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La Puerta.
Arturo Santana

Lo estuvo construyendo con la tenacidad de una decisión muchas veces frustrada. Lo definió en el instante mismo en que la idea cercó su pensamiento, mientras su vida gris le dio la clave y precisó un sentido radical ahora vigente. Ese mismo día, velado con la intimidad de la noche en un cuarto de hotel abriría la puerta por primera vez. Poseso de la determinación asumida pensó también en el escándalo familiar, en los amigos, en las conjeturas judiciales. Alzó los hombros levemente con la displicencia de lo ya resuelto como subrayando con ese solo acto la magnitud de lo inevitable. El fracaso de la vocación filial, la mediocridad de una existencia ahogada por el tedio, el vacío de su presencia eran razones suficientes para reafirmar su juicio, o de perderlo para indagar por otros rumbos. La seguridad de su trance le dio el valor para enfrentar reminiscencias cada vez más absurdas ante la lucidez de su más reciente convicción. Lo sustancial sería el presente curso hacia el empeño de borrar su propia imagen con el optimismo extraño que nunca pudo descifrar el administrador del hotel, ni supo explicar en su declaración la afanadora que lo vio entrar en el cuarto. Hay ciertos rostros sólo perceptibles para quien, como él, dejaron al azar su nombre al acudir al llamado de la puerta. Inventarió sus más secretos indicios de duda con la intención de aferrarse en el extremo de una obsesión suspensa en la premura de sus manos frías. Advirtió entonces que un rígido temblor le arrebató el ánimo como un presagio de lágrimas. “Nomás esto me faltaba”, se dijo con esa incierta gravedad que traducen las palabras reacias a su pronunciamiento. Abrió la ventana del cuarto sin saber para qué y observó un segundo el caos de la ciudad. Cerró de inmediato los ojos, y la ventana y toda vía asociada con el más leve asomo de arrepentimiento. Cerró también los cauces de la reflexión al comprender que se hallaba justo en los límites de su capacidad para dirimir sus discrepancias con el juicio de su propia conciencia. Su pulso reflejó el instante, y el rostro apretado, y la sangre desbocada por el asedio de la razón ocluida  en la ceguera de su propio dictamen. Respiró hondo. Caminó hasta ubicarse frente al espejo mudo que le mostró el asombro de unos ojos cercados por el miedo. Hasta ese instante cada respiración le indicaba el ritmo de una fuerza interior que indagaba el tiempo necesario para hacerlo retroceder; pero también comprendió que nunca como ahora estuvo franca la puerta. Apretó ambas manos sobre el rostro. Se sentó rápidamente frente a la mesita del cuarto. Buscó la pluma en su bolsillo. Extendió una hoja en blanco y desde el fondo de su propio asedio alargó su voluntad ya libre, y escribió la nota de rigor.

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