Salvador Alcocer asume una posición radical de la práctica poética como misión de vida y oficio de escritura desde el sentido que le otorga su experiencia inicial como estudiante de bachillerato, y luego como suscriptor ferviente del ocio creativo a partir de su adhesión al cultivo de las letras desde hace más de cinco décadas. Ningún otro escritor local o escritora de su generación, la de los años treinta, ni posteriores ha subrayado ese carácter con la decisión de lo absoluto. Elección fortuita o adherencia existencial su condición de poeta profesional impone una mirada que privilegie el sesgo de su vocación, por encima incluso de su biografía personal. El adjetivo profesional denota el hecho de que Salvador nunca distrajo las angustias del pulso literario para vender seguros de vida, hacer docencia en alguna institución local o cualesquier otro menester ajeno al oficio literario. Literalmente ha vivido íntimamente con la poesía con la dignidad de quien desempeña una profesión, a pesar del alto costo de sus implicaciones sociales. A quién se le ocurre apostarle a la poesía en el extremo de una ocupación poco rentable y sin opciones para rebasar su historia. Es un poeta de corazón. Huraño y reticente hacia las burocracias es incapaz de redactar un oficio para solicitar un servicio público, aunque pase largas horas leyendo y escribiendo en jornadas intermitentes.
La certidumbre de su inclinación, sostenida con un amplio itinerario de autoformación lectora, le confiere a su poesía un valor testimonial y estético necesario para acercarnos a la comprensión de la literatura en Querétaro en las más recientes cinco décadas. Porque en esencia la escritura de Chava se regodea en sí misma en tanto asume la tarea de un cronista de un segmento invisible de la subjetividad urbana. Su patente inconformidad con las costumbres culturales acaso tiene origen en la vastedad de sus referentes universales, aunque nunca haya salido del país. Su concepto de ciudad se asocia con los rumores detrás de las puertas, con los vicios del prójimo inmediato, con las comidillas del político en turno. Se trata de una personalidad constituida desde un aposento marginal elegido fortuitamente con los valores de la cultura popular, ampliamente fundida con escenas cinematográficas, audiciones de jazz de los cincuentas, los escándalos del deseo como ebullición de las malditas ganas de soñar con unas piernas de seda, con unas caderas cercanas a la euforia, con la autocensura como vía purgativa. Sus textos balbuceos y sorprendentes apenas si logran configurar el marco de referencia de lo prohibido por cuanto se exponen como acotamientos de una moral pública en retirada. Desde esta perspectiva la poética de Salvador se instala en el humor sugestivo como recurso de la subjetividad común y calla por aquello de las dudas. Sus poemas dicen más en los silencios de lo implícito que en la elocuencia del discurso. Esta marca, por supuesto, puede leerse en su extensa obra cuyos inicios datan de los años cincuentas y empieza a hacerse pública en Toluca, en 1974, con la publicación de Mientras cae la gota de agua que Roberto Fernández Iglesias editó con entusiasmo fraterno desde La Casa de la Cultura.
Puede inferirse que su obra habla de un escritor tardío en virtud de que su primer libro se editó cuando Salvador contaba con 43 años de edad. Sin embargo, hay referentes de fuentes diversas, particularmente de dramaturgia y poesía que subrayan al joven inquieto y desordenado que publica aquí y allá sin precisar a ciencia cierta el número de publicaciones que vieron públicos sus textos desde la década de los años cincuentas.
El itinerario poético de Salvador se inicia temprano, en sus años mozos, muy cerca de algunos protagonistas de la cultura literaria nacional. Su participación en el Taller de Juan José Arreola, su experiencia como coordinador de taller en la Universidad, su amistad con poetas cercanos entrañables como Andrés González Pagés, Alejandro Aura, Florentino Chávez, entre otros, señalan una etapa de formación que incluyó las rondas con los amigos y desveladas musicales “a morir”. Con 78 años de edad a cuestas y una veintena de títulos publicados este espíritu juvenil reclama, desde la escritura, una sociedad más atenta a sus emociones, como evidencia vital de sus latidos.
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