No nos conmuevan alharacas y truenos en la empresa de mirar un futuro distinto en la distancia de nuestro futuro histórico, no nos impidan un atisbo elemental hacia el presente en crisis, por cuanto se muestra con violencia fratricida no menos cruel que sus antecedentes. El vocerío de los medios, su escándalo festivo pretende persuadirnos de celebrar dos etapas gloriosas del calendario cívico para enfatizar el sueño libertario de quienes vieron más allá de su seguridad y bienes personales, y que se ha extendido a lo largo de doscientos años, la saga de la independencia y un siglo después la irrupción popular de 1910. Ambas épicas son reconocidas ahora como un legado a todas luces trascendente cuyas secuelas laten aún en nuestros días. Y lo es, sin duda, si pensamos en la magnitud de la gesta inicial de la independencia con la cual se inició la construcción de una utopía que se advierte lejos, muy lejos de su definición cuando verificamos el estado de cosas, obstinadas en subrayar su indiscutible presencia.
El Bicentenario del acta de nacimiento de una identidad política, la construcción de un proyecto histórico de nación es apenas el punto de partida de un largo proceso histórico y social que nuestro México sueña con la convicción de una esperanza. Pero hasta aquí. Una mirada superficial, apenas de reojo al universo de la república herida permite percibir la insuficiencia de doscientos años para ver cumplidos sus anhelos.
La profunda erosión de las instituciones básicas de nuestra sociedad, la familia, la comunidad, la escuela pública y privada, la perversión ética de la religión predominante, la negación de los derechos prioritarios a innumerables segmentos de la población, el crecimiento de la pobreza y de la violencia, la impunidad, la inequidad y la discriminación social, las reiteradas crisis económicas regionales y nacionales no son invenciones de un aguafiestas. Están ahí, en los foros académicos de reflexión, en el centro de las preocupaciones públicas, en las agendas del Congreso, del Ejecutivo Federal, del Poder Judicial y de la sociedad. Las migraciones de los desposeídos en el interior y hacia el exterior de la república, los millones de jóvenes hombres y mujeres sin opciones de formación profesional y de trabajo, el amplio rezago educativo, la galopante impunidad, el cáncer de la corrupción en todos los niveles de la estructura gubernamental no son ficciones de un imaginario desbocado dispuesto a sabotear la simbólica noche del grito. Están ahí, enfrente de la convivencia diaria de los ciudadanos, amenazando con extenderse en la estructura del Estado, como esperando turno para sedimentar la última vértebra del cuerpo social.
¿Alguien niega los innumerables secuestros, ejecuciones, muertos y más muertos de cuerpos policiacos y militares, de la sociedad civil y de delincuentes? ¿Alguien niega la inseguridad y el miedo que prevalecen en muchas ciudades de nuestro territorio? ¿Alguien niega los fallos, resoluciones y acuerdos de injusticia contra los mineros de Pasta de Conchos, contra indígenas presos, contra los padres y madres de familia de la tragedia del 5 de junio de 2009 en Hermosillo, contra obreros y campesinos? ¿Alguien niega el dato duro: solo el 26% de los jóvenes aspirantes a la educación superior logra ingresar en una institución, el resto, es decir, el 74% no encuentra espacio para su formación? Los datos están ahí. No son fabulaciones de un poeta trasnochado.
Las jornadas de la insurgencia independentista de 1810 inauguran el largo camino hacia la libertad, la democracia, la justicia, la dignificación de la condición humana, el ejercicio de los derechos humanos, el respeto y la tolerancia a la diversidad cultural de personas, grupos, organismos civiles, comunidades indígenas y un largo etcétera que se ha ido añadiendo conforme crece y se extiende la imagen de la república en la comunidad internacional. Se trata de un conjunto de principios y valores emergentes que no se alcanzan en la plenitud del espectro social; se trata de un inventario de aspiraciones que esperan turno para su ejercicio en la totalidad de la población. A partir de entonces la gran empresa de su construcción ha puesto en jaque a los caudillos y dirigentes de la cosa pública; a los luchadores sociales, a los trabajadores organizados. ha convulsionado a las instituciones en lo más hondo de su naturaleza.
Con claridad palmaria se identifican el primer imperio, el de Agustín de Iturbide, la instauración de la primera república en 1824, la guerra entre liberales y conservadores por el modelo de Estado Nación de 1857-1967 y del imperio de Maximiliano, la restauración de la segunda república en 1867, la revolución de 1910-1920 y los alzamientos y rebeliones posteriores, las grandes huelgas obreras de la década de los años cincuentas, el pronunciamiento revolucionario del profesor Arturo Gámiz en Chihuahua en 1965, el Movimiento estudiantil popular de 1968 y el surgimiento de la Liga Comunista 23 de septiembre y de diversos grupos de filiación diversa de los años setentas, el alzamiento indígena del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1994 entre los más relevantes, son expresiones de esa búsqueda histórica por un futuro de promisión inalcanzable. La intermitencia de esas expresiones puede alcanzar las cumbres de una revolución triunfante o adoptar los niveles de una rebelión, de un pronunciamiento armado o de una protesta callejera. En esencia se trata de episodios de ese largo sendero hacia el futuro que cada ciudadano abriga en su instinto de cambio hacia una sociedad mejor, aunque se ubique más cerca del imaginario social como un horizonte en llamas.
No se trata de negar los indiscutibles avances en diversos órdenes de la vida social, los grandes esfuerzos ejemplares de las universidades públicas, la calidad universal de nuestros artistas y creadores culturales, los afanes genuinos de las empresas, industrias y organismos de la sociedad civil preocupada en la consecución de fines asociados con el crecimiento de las diversas demandas sociales, las iniciativas de organización comunitarias que experimentan nuevos modelos de gestión social y convivencia política. No se trata de oponernos al reconocimiento de instituciones, organismos, grupos, asociaciones y ciudadanos adheridos al voluntarismo de las emergencias. El gigantesco crecimiento de la pujante clase media, de la estructura económica, política de la sociedad, de la inserción de México en el concierto de naciones en la era de la globalización subrayan el avance penosamente alcanzado por las distintas fuerzas sociales, pese a las ominosas contradicciones de nuestras circunstancias actuales.
Con el ocaso de cada jornada el horizonte luminoso asoma su vigencia utópica al alcance de los soñadores. Las irrupciones sociales reiteran la necesidad de luchar por los derechos sociales y de cada ciudadano desde la gesta del cura de Dolores y de los caudillos insurgentes porque ofrendaros sus vidas en la consecución de ese sueño y a toda luz mantienen su vigencia histórica.
El punto, en conclusión, no consiste en celebrar con fuegos artificiales los aniversarios de las grandes contiendas sociales enmarcadas con el sacrificio de muchas vidas sino en recordar, desde el horizonte en llamas, el sentido profundamente visionario de muchos millones de mexicanos y de sus caudillos ejemplares. |