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Benjamín R. Moreno. Signos de la amnesia voluntaria. México, Fondo Editorial Tierra Adentro/Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, 2009.

ENTRE LA EVOCACIÓN Y EL OLVIDO
Arturo Santana

Esta novela promueve un alboroto de reminiscencias filiales, cotidianamente veladas por el ajetreo de la vida urbana. Persisten en mi memoria imágenes que deseo olvidar. las llevo adheridas como costras de lejanas tragedias, muy entrañables pese al prurito de su presencia insoportable. Supuran aún cuando evoco mi infancia porque en el fondo de ese baúl anidan las arañas peludas y mis ancestrales miedos a la oscuridad. No obstante las procuro con la frecuencia de mis sueños y mis lecturas.

Hay algo de perverso en ese modo de encarar el mundo interior que Benjamín Moreno despertó con su inventario Signos de la amnesia voluntaria. Es una suerte de regresión envuelta en las entretelas de un acto narrativo oral expresado en una novela. También un recuento, indicios del fardo que no desea cargar pero que una urgencia superior le demanda como una cruz. Escribir una novela para deshacernos de tales inclemencias, el lastre de la primera infancia, implica evocar necesariamente la esencia y médula de lo que es memoria. Luego, es imposible de borrar en la medida en que es fundacional de la arquitectura primigenia. La primera novela de este escritor queretano es coherente con su naturaleza lúcidamente juvenil porque está bien escrita. En la década de los veintes de nuestra edad no podemos escribir de otra losa que la asociada con nuestra insipiencia, el peso del tilichero, las angustias de la configuración inicial, de ahí que la experiencia narrativa de Benjamín se alimente de su caos interior sin más cortapisas que la traducción de su circunstancia cautiva en los vericuetos de sus primeros escarceos con la vida. El mito ostenta la idea de que la novela es un género para veteranos expertos en la travesía por el valle lacrimógeno, pero Benjamín le asesta un golpe bajo sin miramientos. Apenas balbucea su itinerario vital y ya nos escupe con una historia de 200 páginas hábilmente urdidas desde el interior de sí mismo.

Ese carácter, el sesgo autobiográfico, le confiere a la historia la dificultad de su lectura en el sentido subjetivo del enunciado, toda vez que se trata de una versión de algunos episodios trascendentes tamizados por el signo escrito. He dicho regresión para aludir a las fuentes de la autoestima como demanda de un asidero para el oleaje de lo real presente, pero también sarcasmo para traducir intimidades e irreverencia para nombrar, no podía faltar, para transgredir incluso actitudes y costumbres de la piedad cristiana, para dar un paseo por el imaginario parafraseando un sacrosanto rosario. ¿Qué hay aquí?

La narrativa de Benjamín transita por los corredores familiares y remembranzas como si los eventos, la ausencia, los vacíos, la muerte, esencialmente la muerte, adoptaran un tono confesional cercado por el escándalo público. Advierto una imagen del proceso de secularización que inserta en nuestras vidas la necesidad de revelar mitos y artificios de la saga familiar desde la impronta de la escritura. En esa dirección los excelentes monólogos, las atmósferas oscilantes entre paisajes urbanos y provincianos, los personajes esbozados apenas por sus acciones y hablas, menos que por sus descripciones, las recetas médicas, los hipertextos y demás recursos retóricos traman un artefacto que funciona como una expiación. Insisto en el afán por olvidar lo que irrita a los reductos de lo inconsciente, la finitud como condición de lo humano. Es evidente en el título y es coherente con el sentido global de la obra.

Hay también rupturas formales no del todo justificadas, no del todo pertinentes si las leemos con la perspectiva del párrafo, concebido como unidad arbitraria del discurso escrito cuyos límites están aún por explicarse pero que contribuyen al ejercicio lector, aunque la obra fragmenta ese carácter que al final de cuentas es inadvertido con la modalidad en voz alta.  La novela de Benjamín Moreno es un ejemplo de lo que puede hacerse para renovar el binomio de historia y relato como sustrato de la novela posmoderna: los personajes subordinados al vórtice de los eventos sin víctimas ni verdugos; sin vencedores ni vencidos; sin héroes y villanos. Los acontecimientos dictando el sentido de nuestras vidas como si cada proyecto de identidad estuviese sujeto a las contingencias filiales, entre los deseos de ser y la incomunicación; entre la necesidad de un abrazo y la indiferencia.

Finalmente no puedo sustraerme a la transcripción de un fragmento que procure justificar la impertinencia de mis palabras.

Y no me queda más que esperar a que la noche se hunda mientras aparece mi madre. Si pudiera levantarme saldría a buscarla contigo, Ana. Si pudiera salir del cuarto me sentaría a esperarla en el patio, pero casi estoy seguro de que ni caminando de lado podría librar el hueco de la puerta y que no hay silla en la casa que me soporte, que soporte a la rana hinchada que traigo encajada en las tripas, al mogote de tierra que me cubre, que recibe a diario una nueva palada y sé que falta poco para que aplanen la tierra y la rana suelte el canto por última vez.

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