De puntas, a través de la ventana del aula primigenia logro un atisbo apenas del horizonte blanquecino que roza la cima de los volcanes. Mi infancia fue de relámpagos, montañas y ensoñaciones invariablemente confundidas en la desmesura del tiempo. Cincuenta después cierro mis ojos y me veo envuelto en la curiosidad de un escolar hurgando signos entre los pliegues de la luz renuentes al prodigio de su revelación. Estoy en el Sur de Jalisco, en El Limón de raíz y lámparas, en la cuna de ese infante cercado por el asombro, porque un alboroto de lenguas parece brotar de los cráteres dormidos en un instante de tezontle y agua. Péndulo de ceniza al arbitrio de la memoria; evocación furtiva al acecho de un ascua.
Esa ronda pueril roza mis sienes en presente de Querétaro como indicativo de un modo capitular del rostro que me precisa.. Yo recuerdo, y la comisura nasal izquierda acentúa el número uno abierto a la inquisición. Para dónde otear sin el artificio de esa máscara. Conservo la distancia precautoria que el sigilo de la lumbre impone. Pero una voz cercana me defina al margen de toda respuesta. Hijo, me dice, con un dejo apenas audible en el umbral de la especulación, en cuyo fondo se antoja la palabra de la esperanza. Se mira con el desdén tardío que roza el brillo de sus canas y a pesar de una trama ensayada en la víspera de un carnaval pueblerino. El claroscuro de su mirar se antoja pendiente aún de un encuentro, finge un encuentro al amparo de la bondad de una casa. Lo apura un indicio de su imagen tonal siempre exacta cuando pronuncia su nombre de fuente.
En la fisura izquierda que le proyecta una sombra dolida no logra evitar la sustancia de una derrota. Es otra historia adherida al tumor que le ciñe un costado del viernes. Sucede que alzó sus puños contra el oprobio del hombre y en la intemperie del alba fue derrotado. El pobre soñó con la euforia de todos, con la bandera de una sangre fraterna vertida para la fiesta de todos, y ni una página logró describir el tamaño de la contienda perdida. Por eso vacila. Sonríe para opacar la estatura de un trazo vivo en los rescoldos de la utopía.
Ese que ve la superficie virtual no sabe. Traduce el ámbito de incertidumbre que le dicta el otro, pero no sabe. Redacta estas líneas procurando un ritmo de remembranza que asume con las instancias del fingimiento, y de paso abriga la esperanza de legar una pista para el ejercicio lector. Lo cierto es la adherencia de su orfandad multiplicada por el despliegue de su memoria, como si los años hubiesen petrificado su lava de erupción sanguínea sin un abrazo materno.
En ese extremo navega. Piensa espiga y escribe morada. El espejo, en cambio reitera su acercamiento facial explorando la afinidad con el fuego. Acaso una elongación nocturna precise la magnitud de la llama que lo reintegre fraterno al origen, pero eso es otra distancia.
* Semblanza que originalmente aparece en el sitio El Oficio Mayor del Seminario de Creación Literaria del CEFAC | IQCA http://www.eloficiomayor.org.mx/scl/coordinacion.html#santana |